La utopía juvenil del 18 anticipó en medio siglo al «Mayo francés» de 1968 y otros movimientos juveniles de la década de 1960. A 107 años del movimiento estudiantil, recordamos la lucha por una universidad pública, plural, gratuita, cogobernada, laica, libre y de calidad.
Hasta ese entonces, estos espacios de educación superior habían sido reservados exclusivamente para las elites y funcionaban como extensión de las estructuras conservadoras existentes. Nuestra Universidad era un claro ejemplo de esta realidad: su cuerpo estudiantil estaba integrado por 1.500 hombres, excluyendo a mujeres; las cátedras estaban caracterizadas por tener lineamientos eclesiásticos y distantes de la ciencia; y los profesores accedían a sus cargos por herencia y no por concurso, como sucede actualmente.
En este contexto, no podemos dejar de señalar que las universidades públicas de nuestro país atraviesan una etapa compleja, marcada por un fuerte desfinanciamiento y por políticas que atentan contra su desarrollo.
Frente a este escenario, la Reforma Universitaria vuelve a interpelarnos, recordándonos que la defensa activa de la educación superior como derecho es parte de una lucha que no pertenece al pasado, sino que se renueva cada día.