Considerada como una de las Primeras Damas más importantes de la Argentina, Eva Perón se destacó por su labor social y su lucha por la igualdad de género.
De familia humilde, Evita llegó a la capital de Buenos Aires a sus 15 años con el objetivo de convertirse en actriz. En 1936 fue contratada por la Compañía Argentina de Comedia Cómicas, lo que la llevó a Cada hogar, un mundo y El beso mortal. Su vida cambiaría al conocer a Juan Domingo Perón en 1944, quien en ese entonces estaba a cargo de la Secretaría del Trabajo y la vicepresidencia de la nación, y ella cambiaría la historia.
También, como Presidenta de la Fundación Eva Perón, logró ayudar varias causas sociales y de género. Si bien los hitos y logros a lo largo de su carrera son muchos, entre los diferentes se destacan que desde su fundación consiguió que más de 13 mil mujeres obtuvieran empleo entre 1948 y 1950.
El último discurso
Cuando apareció en el balcón de la Casa Rosada, la multitud reunida en la Plaza de Mayo la vitoreó. A la distancia, quizás, se viera a la Evita de siempre, “La Abanderada de los Humildes”, vestida con un traje sastre y peinada con su emblemático rodete. Nadie sabía que, para que pudiera asistir, tuvieron que hacerle varias aplicaciones de morfina en la nunca y el tobillo, donde le habían aparecido metástasis del tumor.
Al hablar celebró el reencuentro con sus “descamisados” e hizo una promesa que, quizás ya supiera que no podría cumplir porque sus días estaban contados:
Además, participó de la creación de diferentes escuelas, como la reconocida Escuela para Enfermeras, impulsó la construcción de hospitales y asilos a lo largo de toda Argentina. Por su obra llegó a ser conocida como la “abanderada de los humildes” y la “madre de los descamisados».
Las últimas horas de una protagonista de la historia
En julio de 1952, Eva permanecía en una cama en un vestidor de su marido. Cuando su enfermedad se había complicado, había decidido dormir en una habitación distinta a la de él para que las atenciones que su salud requería no interrumpieran ni el trabajo ni el descanso del General.
Pero cuando supieron que el final estaba llegando, Evita pidió que la instalaran en ese vestidor, con una ventana desde la que se veían árboles, para volver a sentirse cerca de su esposo. La noche del 25 de julio le había dicho a una de sus enfermeras, María Eugenia Álvarez, “ya queda poco”.
“A mí me queda poco”, le dijo Eva, según reconstruyó décadas después su acompañante en esas horas. Ella y una de las mucamas de Eva, Hilda Cabrera de Ferrari, serían quienes escucharan, al amanecer del día siguiente, sus últimas palabras: “Me voy, la flaca se va… Evita se va a descansar”. Sabía lo que le estaba pasando a su cuerpo y a su vida.
Por esas horas, también le había dicho a su madre, que evitaba llorar delante suyo: “Me voy a descansar. Eva se va”. Según reconstruyó Perón después, aquel 25 de julio, ella le habló bajito: “No abandones nunca a los pobres. Son los únicos que saben ser fieles”. Estaba triste, sabía que se moría, y se había lamentado apenas unos días antes por su aspecto: “Lo que llegué a ser y mire cómo estoy ahora…”, le dijo a su peluquero, mirándose en una foto de unos años anteriores.
El 26 de julio de 1952 Buenos Aires amaneció bajo un cielo gris, de esos que avisan que tal vez llueva. Álvarez, la enfermera, se acercó al cirujano Ricardo Finocchietto a eso de las 11 de la mañana y le pidió en un susurro que chequeara a Eva. El médico encontró un pulso débil y era prácticamente imposible despertarla. Hacia las 16.30 una nueva revisión médica confirmó que Evita estaba en coma, un estado del que no se recuperaría.
Un largo velorio
La madre quería que fuera sepultada en la Iglesia de San Francisco. Argumentaba la amistad de Eva con Fray Pedro, un franciscano que la había acompañado en los últimos días y había sido su sostén espiritual. Los franciscanos ya habían dado el visto bueno. Sin consultar, el intendente porteño Jorge Sabaté y el jefe de ceremonial de la Rosada, Raúl Margueirat se habían adelantado con los trámites, creyendo que Perón estaría de acuerdo. Pero éste tenía otros planes.
«Y quiero velarla un par de días, nada más» –pidió la madre.
Sin embargo, Perón anunció que los funerales se pospondrían hasta que todo el pueblo que quisiera contemplarla por última vez pudiera desfilar para darle el último adiós.
El domingo 27, a las 11 de una mañana lluviosa, se habilitó la capilla ardiente en el Hall de Honor, en el primer piso, donde las ofrendas florales se contaban por centenares. Al lado, en el Salón Dorado, permanecía su marido. El gobierno había dispuesto las medidas de duelo oficial, que se extendería por treinta días.
Ya antes de la medianoche, se anunció la suspensión de actividades oficiales por dos días; los comercios, bares y restaurantes debieron cerrar por tres días, y no hubo ni diarios ni taxis. De la misma manera, la Asociación del Fútbol Argentino suspendió el torno por tres fechas y solicitaron a las iglesias que sus campanas doblasen cinco minutos todos los días. Se impuso la cinta negra de luto que debían usar los hombres en las mangas de los sacos. Asimismo, se decretó que todos los 26 de julio sería una jornada de duelo.
Los homenajes
La CGT la declaró «Mártir del Trabajo». El 8 de agosto la legislatura bonaerense aprobó un proyecto para cambiarle el nombre a la ciudad de La Plata por el de la difunta. Hubo un proyecto similar que se discutió en el Concejo Deliberante de Quilmes. Ya a fines del año anterior La Pampa, hasta entonces territorio nacional, se convertía en provincia, a la que habían bautizado con el nombre de Eva Perón. El mismo proceso sufrió el Chaco, provincia que adoptaría el nombre de Presidente Perón.
Se anunció construcción de un monumento con su estatua, y réplicas del mismo en todas las provincias. Se les pidió a los obreros de la CGT que, para costearlo, donasen su sueldo del 22 de agosto, fecha que se recuerda el Día del Renunciamiento. Ese día se desplegó un multitudinario acto en la Avenida 9 de julio, con un palco a la altura del edificio de Obras Públicas, donde habían colgado el cartel «Juan Domingo Perón – Eva Perón 1952-1958 La fórmula de la Patria».
Más allá de las polémicas y los sesgos históricos o ideológicos, Evita fue el centro neurálgico de una época en la que los emblemas de la devoción popular todavía podían configurar modos y estilos del poder, al punto de transformarse en personajes de un imaginario sobre el que cada argentino podía proyectar su propia idea de lo que el país podía, debía o no debía ser.