«Alfonsina Storni por la vecina de Flores»
Un cálido retrato de una amiga que conoció a la gran poeta argentina cuadra por medio. El Rosal de la poesía argentina que sigue dando flores. Y espinas.
<Cuando conocí a Alfonsina Storni, todavía no había escrito ella la obra cumbre de la que podríamos llamar su primera poesía «Ocre» (1925). Vivíamos separadas por una cuadra de distancia, en Flores. En aquel Flores tan grato al recuerdo y a la evocación. Corría el año 1934. De los labios de Alfonsina escuché la confesión de sentirse feliz por primera vez. Fue su buena época.
Con ella y mi hermano Alfredo, crítico literario de -diario- «La Nación» (se conocían por esa causa) departimos en alegres tertulias y donde la palabra fácil y aguda de Alfonsina recorría nuestra vieja casa con un señorio encantador. Poseía ella esa alegría contagiosa, no vulgar. Todo lo subrayaba con una risa alegre que sostenía la frase. De pronto callaba porque también sabía ser silenciosa y triste. Nosotros la prendíamos, tenía sobre sus espaldas muchos años de luchas y de injusticias.
Para conquistar lo que había conquistado y aún lo que le faltaba conquistar, mucho había sufrido, mucho tenía que sufrir. Alfonsina se adueñó, por igual, de afectos y enconos; pero el que la conoció bien, la quiso. Comprenderla era ya más difícil.
La gente humilde la quería, porque Alfonsina era sencilla, de un sencillez no rebuscada. Un verdadero espíritu democrático.”
“Un verdadero espíritu democrático”
“Su rectitud y veracidad proverbial, le costó más de un disgusto. En este aspecto era irreductible. La verdad primero. La verdad en contra de sus intereses y de los que más quería.
No puedo asegurar, a ciencia cierta, si era fea o bonita. Tenía una personalidad tan interesante, tan absorbente, que la belleza pasaba a un plano secundario. La verdad es que nunca la vi fea y menos de esa fealdad que pueblan sus biografías.
Rubia, prematuramente encanecida, ojos eran del color del tiempo: ya azules, ya verdes, ya acerados. La cara redonda, la nariz respingada, la frente espaciosa, la sonrisa triste y la risa alegre.
Era distraída, como los poetas, combativa y punzante, pero generosa en el elogio.
Buscaba ansiosamente la soledad, porque en la soledad se encuentra el pensamiento más alto, el pensamiento más fino.
Cuando me fui de Flores no perdí su contacto. Venía a visitarme a mi quinta de Ramos Mejía. Nunca conocí nadie que amara tanto la naturaleza. Miraba a los árboles, como imagino a un ciego que recobra la vista mirar los colores. Y extraía de la naturaleza la savia que hacía aflorar en versos.
En aquella época era ya la autora de «Ocre». Y su poesía ya había traspuesto las fronteras, pero ella era la misma, menuda, triste y generosa. Le gustaba poco hablar de sí misma, pero tenía un exacto valor de sus condiciones. Era modesta, pero no falsamente modesta. Por esa causa, sus juicios encontraron resistencia.”
“Nunca conocí nadie que amara tanto la naturaleza”
“Nunca comprendí cómo no llegó a envanecerse al escuchar al paso: Ahí va Alfonsina Storni, esa del cabello blanco, ahí va…ahí va… Ella imperturbable, distraída y apurada. Caminaba ligero, el paso breve, pero veloz, veloz como sus decisiones.
Era extraordinario del don de Alfonsina para conocer a la gente. Rara vez equivocaba.
Escribía siempre a impulsos de su emoción y jamás lo hacía por obligación. Escribir en cualquier momento; levantándose de la mesa, a deshoras, tirándose de la cama, en papeles absurdos, en la tapa de un libro. Decía, con ironía, que las ideas no había que dejarla escapar.
Cuando la conocí estaba en plena producción, todo en ella era poesía. Poseía Alfonsina una amplia cultura sin pedantería y todas las artes la tenían como diletante. Tenía por la música una especial inclinación, Wagner, Beethoven y Debussy eran sus autores preferidos.
Hizo teatro con gran capacidad, pero con poca suerte. Su «Amo del Mundo», estrenada en el Cervantes en el año 1927, no encontró eco propicio en la crítica general. ¿Pero es esto suficiente para valorar definitivamente una obra? Me agradaría verla puesta nuevamente en escena. O bien «Cimbelina» en mil novecientos y pico» …representada por sus alumnos de arte escénico después de su muerte y como homenaje, esta vez con gran éxito. Es una farsa preciosa y llena de sugerencias, digna de ser llevada al escenario.”
“Todo en ella era poesía”
“Para los niños escribió varias piezas plenas de belleza y emoción, una muestra de ello es la farsa poética «Blanco…. Negro… Blanco…» que el Labardén puso en escena este año en el Colón con éxito extraordinario bajo la inteligente dirección de Blanca C. de la Vega.
Alfonsina era una figura popular (Buenos Aires le debe aún el nombre de una calle -N.dR. Clamaba la redactora y vecina porteña en 1948. Hoy son tres cuadras nomás para Alfonsina, en Saavedra, y una plaza en Montserrat, que tiene el mural gigante de Diego Armando Maradona), y todas las tardes, después de sus obligaciones, se la veía en la «Munich» de la Costanera, allí iba ella a rendir tributo al río para captarle las múltiples formas y colores al estuario que baña la costa. De su diaria contemplación surgieron: Río de la Plata en negro ocre, Río de la Plata en gris áureo, Río de la Plata en arena pálido, Río de la Plata en celeste nebliplateado, Río de la Plata en lluvia. ¡Cuántas cosas ve un poeta!
En sus últimos años Alfonsina escapó al contacto de sus amigos, se encastilló en sus pensamientos. Quería estar sola. Cuanto se intentó para sacarla de ese estado fué imposible. «Soy una máquina gastada, decía, sólo aspiro a descansar; estoy muy cansada».
Su muerte no sorprendió a quienes bien la conocían, y la crítica sólo cabe para los que no la entendieron ni la entenderán.
Hoy frente al mar de sus afanes, descansa en paz y le hacen escolta la ola que diariamente la saluda y una estrella generosa que le puso Dios.”>
Supeña de Cisneros, C. “Alfonsina” en revista Lyra 63-64. 1948. Buenos Aires.
Fecha de Publicación: 29/05/2025
Fuente: Ser Argentino