La desregulación económica y el desplome del mercado interno asestan un golpe demoledor a las economías regionales. La crisis de los citricultores entrerrianos se profundizó de manera dramática al inicio de la actual temporada, con precios de venta que se ubicaron muy por debajo de los costos de producción, dibujando un panorama de extrema incertidumbre sobre la continuidad de numerosas explotaciones familiares en la provincia. Productores del noreste entrerriano alertaron que, ante la asfixia financiera, muchos establecimientos ya comenzaron a desprenderse de capital de trabajo y bienes de producción para afrontar los gastos corrientes y sostener la actividad en pie.
La cruda realidad del sector fue expuesta por José Flurin, productor citrícola e integrante de la Asociación de Productores y Empacadores de Federación, quien describió un escenario crítico para uno de los motores del empleo y el desarrollo del litoral argentino. Según detalló el dirigente, producir un kilo de fruta demanda actualmente entre 130 y 135 pesos, mientras que el mercado concentrador apenas les remunera entre 80 y 85 pesos.
“Arrancamos la temporada trabajando muy por debajo del costo de producción”, resumió el referente citrícola, al señalar que la rentabilidad negativa se convirtió en una constante condena para los pequeños y medianos eslabones de la región.
La caída del consumo interno congela la actividad
De acuerdo con el análisis de Flurin, la principal raíz de este estrangulamiento económico radica en la fuerte retracción del poder adquisitivo de la población. La recesión generalizada afecta especialmente a los alimentos frescos que terminan siendo considerados prescindibles dentro de la canasta familiar debido a la urgencia económica de los hogares.
“Hoy el mercado no está pagando más de 80 pesos el kilo. Nos está quedando eso”, sostuvo el productor de Federación. En ese sentido, puntualizó cómo el ajuste impacta en la mesa de los argentinos: “La economía está parada. No hay consumo y nosotros vendemos postre. Todo va a depender de cómo se active la economía de aquí a fin de año”, manifestó, y reflexionó sobre las prioridades de los consumidores en el actual contexto: “Yo creo que cualquier familia primero compra para comer y después para el postre”.
Una brecha escandalosa: El misterio de los precios al consumidor
Uno de los costados más alarmantes de la crisis es la fenomenal distorsión de precios que existe entre lo que percibe el trabajador de la tierra y lo que termina pagando el pueblo en las góndolas. Mientras los citricultores entrerrianos reciben apenas poco más de 80 pesos por cada kilo de fruta en la tranquera, en los comercios minoristas y verdulerías de los centros urbanos el mismo producto supera los 2.000 pesos e incluso alcanza los 2.500 pesos.
“¿Cómo puede ser que una persona pague 2.000 o 2.500 pesos un kilo de naranja? ¿Dónde está todo ese desfasaje?”, cuestionó Flurin ante la desproporcionada intermediación comercial. Según indicó, aunque la cadena acumula costos logísticos, comerciales e impositivos, resulta inadmisible semejante diferencia entre el valor de origen y el precio final, una asimetría que desincentiva el consumo y liquida al eslabón primario.
La parálisis de la industria del jugo
Para colmo de males, la industria procesadora —que históricamente funcionó como un canal de descarte para absorber los excedentes de producción y regular el mercado fresco— tampoco representa una alternativa de alivio. La caída de las cotizaciones internacionales del jugo concentrado, que ronda los 2.000 dólares por tonelada, planchó el ritmo de procesamiento de las fábricas.
“Las fábricas no están pudiendo posicionar el jugo. Vienen lentas las ventas y por ende los pagos se han atrasado”, señaló Flurin. La cadena de pagos se encuentra rota y el perjuicio se traslada directamente al eslabón más débil: “Hay fábricas que tienen una demora de un año de pago atrasado hacia el productor”, agregó el dirigente. Esta dilación obliga a los citricultores a costear las tareas de cosecha y flete de manera inmediata, con dinero de su propio bolsillo, sin saber cuándo percibirán el cobro de la fruta entregada.
Insumos por las nubes y pérdida del poder de compra
El encarecimiento de la estructura de costos dolarizada, combinada con la devaluación real de la fruta, dinamitó los márgenes de ganancia. El productor graficó esta pérdida de equivalencias utilizando como ejemplo el combustible indispensable para las tareas rurales:
“El año pasado con un bin de fruta comprábamos entre 130 y 135 litros de gasoil. Hoy con un bin no compramos más de 20 litros”, detalló a Bichos de Campo. La tonelada de urea escaló fuertemente desde los 550 o 600 dólares hasta rozar valores de entre 1.000 y 1.100 dólares. A pesar de una reciente baja que la ubicó en 750 dólares, el costo sigue estando fuera del alcance de las chacras: “Seguimos altos para los márgenes que tenemos”, afirmó.
Descapitalización y remate de activos para sobrevivir
La acumulación de quebrantos económicos, sumada a los rigores climáticos de campañas anteriores —como heladas y granizadas que mermaron la calidad—, empujó a las familias productoras a tomar determinaciones desesperadas para evitar la quiebra total de sus establecimientos históricos.
“Hay casos concretos de gente que ha vendido propiedades, algún tractor o parte de lo que tenía para sostenerse y seguir apostando”, reveló Flurin de manera alarmante. La falta de financiamiento y la ausencia de políticas de fomento estatal amenazan seriamente la continuidad de la actividad de cara al ciclo productivo que se avecina en el corto plazo. “Hay productores que hace dos o tres años que vienen golpeados por el clima”, recordó el dirigente, y concluyó con total incertidumbre sobre el futuro inmediato de la citricultura entrerriana: “No sé cómo vamos a hacer o de dónde va a salir la plata para arrancar la campaña que viene”.