Las bajas temperaturas comenzaron a sentirse con fuerza en Entre Ríos y el impacto ya se refleja de forma directa en la producción hortícola regional. El inicio de la temporada invernal expone la fragilidad de un sector estratégico para el abastecimiento interno, caracterizado por una marcada vulnerabilidad ante el factor climático y la falta de sostén estructural. Menor rendimiento, demoras en las cosechas, aumento de costos y un continuo proceso de desaparición de productores en actividad conforman un escenario complejo para las familias que viven de la tierra.
Nicolás Bevilacqua, presidente de la Asociación de Productores Hortícolas de Entre Ríos y operador del mercado concentrador El Charrúa, describió que el frío modifica por completo los tiempos de producción y repercute directamente en la disponibilidad de mercadería. “Venimos castigados desde el verano, que fue muy caluroso, y también por las lluvias, que hicieron bastante daño. Eso se reflejó en el incremento de varios artículos”, señaló el dirigente, marcando la continuidad de una crisis que erosiona la rentabilidad de las quintas locales.
Costos dolarizados a cielo abierto y el impacto en las verduras de hoja
A las pérdidas sufridas por los extremos climáticos previos se suma ahora el descenso de las temperaturas, que ralentiza el crecimiento de las verduras y estira los tiempos de cosecha. “Lo que normalmente está en 30 días ahora se va a 45, 50 y hasta 60 días”, detalló Bevilacqua. Las verduras de hoja son las más sensibles a estas variaciones térmicas y la consecuencia inmediata de la ralentización biológica es una menor oferta en los mercados y, por lo tanto, presiones al alza en los precios de los alimentos.
El sostenimiento de sistemas de producción protegida resulta prohibitivo para la agricultura familiar y los pequeños productores de la periferia de Paraná. La brecha cambiaria y la estructura de costos atentan contra la inversión tecnológica: “Tener invernadero es muy caro. Los nylon se cambian continuamente y todo está atado al dólar. Nosotros vendemos en pesos, pero los insumos se cotizan como si fueran en dólares”, explicó el titular de la asociación. Como consecuencia, gran parte de la horticultura entrerriana continúa desarrollándose a campo abierto y en grandes extensiones, quedando totalmente expuesta a las inclemencias del tiempo y a las heladas tempranas.
Para graficar el impacto del frío en cultivos estacionales, Bevilacqua comparó el rendimiento del zapallito: “En verano una hectárea puede dar mil cajones y ahora apenas diez”. El mismo retraso en la maduración afecta al pepino y al morrón, mientras que especies que toleran mejor el frío, como la espinaca, la acelga, la rúcula y la lechuga, sostienen el mapa productivo actual pero con volúmenes reducidos.
La distorsión en la cadena de comercialización y la competencia externa
El análisis del mercado local expone serias distorsiones en los valores que perciben los trabajadores de la tierra en comparación con lo que pagan los consumidores en góndola. El caso del tomate durante el verano es un claro ejemplo de este desequilibrio económico: “Para que el productor pueda seguir, tendría que recibir al menos 25.000 pesos limpios por cajón y eso nunca pasó”, afirmó Bevilacqua, precisando que en los momentos de mayor volumen el cajón llegó apenas a 15.000 pesos y por pocos días, forzando a trabajar bajo la línea de costos.
Por otra parte, la necesidad de obtener ingresos frente a temporadas críticas lleva a que la producción local deba competir o desabastecerse ante mercados externos. La cebolla, por caso, registró subas recientes debido a la fuerte demanda de Brasil. “Brasil está comprando mucho y eso obliga a competir con esos valores para abastecer el mercado interno”, indicó, señalando que muchos productores priorizan vender al mejor postor para intentar compensar las pérdidas acumuladas.
Asimismo, la comercialización de cítricos y frutas de estación se encuentra condicionada por variables logísticas pesadas. “Muchas veces el producto no vale tanto, pero hay muchísimos gastos en cosecha, empaque, transporte y combustible”, remarcó el dirigente, apuntando contra el incremento sostenido de los fletes que encarece el acceso a alimentos básicos.
El vaciamiento de las áreas productivas: una alarma para el federalismo alimentario
Quizás el dato más alarmante a largo plazo sea el progresivo despoblamiento de las zonas destinadas a las quintas hortícolas en Paraná y sus alrededores. La falta de arraigo, el avance inmobiliario sin planificación y la ausencia de políticas de fomento amenazan la continuidad de la actividad. “El crecimiento de la ciudad hizo que muchas zonas productivas se transformaran en barrios y además los productores son cada vez más grandes en edad”, advirtió Bevilacqua.
Ante este panorama de desincentivo para las nuevas generaciones, la Asociación de Productores Hortícolas insiste en la necesidad de gestionar herramientas de financiamiento, créditos blandos y alternativas vinculadas al acceso al riego y la energía renovable para sostener el arraigo y la producción local. “Hay poca incentivación para el productor nuevo y eso hace muy difícil el recambio”, concluyó el dirigente, evidenciando un desgaste físico y económico permanente en una actividad que sostiene de manera cotidiana la soberanía alimentaria de la provincia.