Desde sus inicios al frente de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, cada presentación de Carlos Alberto Solari sobre un escenario se convertía en una cuestión de Estado. El motivo central de la discusión pública, y sistemáticamente el mayor problema para los sectores que intentan encorsetar los fenómenos de masas, tenía que ver con la cantidad de gente que iba a sus conciertos, una cifra que aumentaba exponencialmente en cada show a lo largo del tiempo.
Tras la separación de Los Redondos en 2001, luego de 24 años de carrera independiente y autogestiva, las cosas no cambiaron. Al contrario. La ya multitudinaria peregrinación de cada presentación, bautizada por sus propios seguidores como "la misa ricotera", albergaba cada vez a más fieles. Entre los más viejos que seguían a la banda desde sus inicios en pequeñas salas subterráneas, pasando por quienes llenaron los grandes estadios en la década del noventa, hasta los más jóvenes que encontraron en la etapa solista del cantante un refugio cultural, se construyó una continuidad generacional sin precedentes en la historia del rock nacional.
Desde que se presentó por primera vez junto a su nueva banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, en noviembre de 2005 en el Estadio Único de La Plata, los números de concurrencia fueron en ascenso. Cada nuevo show comenzó a trasladarse a espacios abiertos de mayor capacidad en el interior federal, como autódromos e hipódromos, desnudando las profundas asimetrías de infraestructura de las provincias para contener semejante marea humana.
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El lunes 10 de febrero de 2014 se anunció de forma oficial el show del Indio Solari en Gualeguaychú. El anuncio estaba previsto para la semana anterior por parte del Ejecutivo provincial, pero la tragedia de Barracas y los días de duelo decretados por el Gobierno Nacional obligaron a postergar la formalidad.
El concierto, pautado para el 12 de abril, estaba enmarcado en la presentación oficial de su reciente disco de estudio, Pajaritos, bravos muchachitos. Este trabajo reunió por primera vez desde la ruptura a los ex Redondos: Sergio Dawi, Walter Sidotti y Semilla Bucciarelli, exceptuando a Skay Beilinson. Este reencuentro no fue un dato menor para la convocatoria, ya que miles de fanáticos se ilusionaron con volver a ver a los músicos juntos sobre el escenario, transformando a la ciudad del sur de Entre Ríos en el epicentro de lo que los organizadores adelantaron que sería el espectáculo "más grande en la historia de la música".
Con la capacidad hotelera y los servicios públicos completamente desbordados, la localidad entrerriana fue copada por delegaciones trabajadoras que llegaron desde todos los rincones del país. Nadie en los despachos oficiales esperaba a 170.000 personas, y la planificación estatal falló desde el primer momento.
Por una orden de la gobernación, la ciudad se mantuvo blindada sin dejar ingresar al público hasta las 8 de la mañana del mismo sábado, bajo el prejuicio y el temor institucional a supuestos disturbios. La estrategia oficial era que los visitantes permanecieran la menor cantidad de tiempo posible deambulando por el entramado urbano.
Una vez habilitado el ingreso, los colectivos charter y los vehículos particulares fueron obligados a estacionar a 8 kilómetros del predio. El público debió cruzar a pie la totalidad de la ciudad bajo condiciones climáticas adversas. Al entrar al Hipódromo, los asistentes se encontraron con un verdadero lodazal debido a las lluvias previas. Grandes sectores presentaban agua acumulada hasta los tobillos y pozos profundos, sin prácticamente tierra firme para pisar, constituyendo el escenario donde se celebró el espectáculo pago más convocante del reviente argentino.
El propio Indio Solari analizó tiempo después las dificultades del evento y la doble vara con la que los medios hegemónicos evalúan las manifestaciones de la cultura popular en una charla con el periodista Marcelo Figueras para su libro de memorias Recuerdos que mienten un poco:
"Me acuerdo de Gualeguaychú porque cayó un tormentón. La producción tiró colchones de gomaespuma y arroz para que el show siga adelante. ¡Había una ciénaga en el medio del campo! De última arrojaron bolsas de arroz: una paella de cuero, de tamaño gigante… Pero viste cómo es esto: si se hubiera tratado de una rave nadie habría dicho nada, porque el público es gente bien… ahí hay muertos electrocutados y todo el mundo cierra el pico, pero donde hay gente humilde divirtiéndose...".
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Pero ni el peligro material que significaba el estado del suelo, ni el frío polar que calaba los huesos, las pocas pantallas dispuestas o el sonido por momentos deficiente importaron a los cientos de miles de trabajadores y jóvenes que disputaron su derecho al goce. La multitud disfrutó como pudo de una lista de 30 canciones que entrelazó clásicos de Los Redondos con las composiciones de su etapa solista. Para quienes viven cada recital como un acto de resistencia y fe comunitaria, el solo hecho de habitar ese espacio colectivo ya constituía una victoria.
El esfuerzo valió la pena cuando el escenario propició el reencuentro histórico. El Indio, Semilla Bucciarelli, Walter Sidotti y Sergio Dawi se unieron para interpretar el tema que grabaron juntos, "La pajarita pechiblanca", además de los emblemáticos "Ya nadie va a escuchar tu remera" y "Nene nena", fundiéndose finalmente con la banda principal para sellar la noche con el pogo más grande del mundo al ritmo de "Jijiji".
En sus memorias, el vocalista reflexionó sobre las verdaderas intenciones de aquella reunión, tomando distancia de las lógicas comerciales del mercado del entretenimiento:“Hacía tiempo que tenía ganas de invitar a tocar a los ex Redondos, pero no quería que pareciese una cosa demagógica. Los chicos no tuvieron nada que ver con el quilombo. Por eso preferí esperar hasta que quedó claro que no los necesitaba, que no lo hacía para atraer gente. Después de tres discos exitosos y de meter muchísimo público en todas partes durante años, nadie podía tener la idea de que yo pensaba lucrar con eso”.
De ese modo se apagaban las luces de un hito para la historia del rock en Entre Ríos, en un sutil equilibrio entre el padecimiento logístico y el disfrute contracultural. Luego vendrían apenas un puñado de conciertos más en Mendoza, Tandil en 2016 y el final de Olavarría en 2017 ante más de 500.000 almas, clausurando las presentaciones en vivo del máximo mito de nuestra música popular.