Cómo ya había adelantado 0343 en julio del año pasado, tras 83 años de historia en la Argentina, la emblemática fábrica de termos Lumilagro finalmente tomó la drástica decisión de cesar la producción de sus tradicionales ampollas de vidrio en el país. La crisis del consumo y la imposibilidad de competir con el ingreso de productos extranjeros forzaron a la empresa a apagar sus hornos y transformar su modelo de negocios: de ser la única fábrica de termos de vidrio de América, pasó a ser un importador que trae insumos desde India y Vietnam, mientras que sus líneas de acero se fabrican íntegramente en China.
El impacto social de esta transformación productiva ha sido devastador para su plantilla de personal. De los 300 empleados directos que la firma supo tener en 2013, hoy solo quedan 50 trabajadores. Martín Nadler, director ejecutivo y dueño de la compañía, calificó el proceso de desvinculación de 170 personas en los últimos dos años como «dolorosísimo», explicando que la caída del 50% en las ventas hizo que la estructura fabril de Tortuguitas resultara insostenible.
Contrabando y desprotección del mercado interno
Según las autoridades de Lumilagro, el mercado local se encuentra saturado por una «avalancha» de termos importados, muchos de los cuales ingresan al país de forma irregular. Nadler denunció que se consumen anualmente 4 millones de termos en Argentina, pero que una cifra idéntica ingresó solo desde Paraguay a través del contrabando. «Son termos tóxicos y truchos que desprenden metales cancerígenos al contacto con agua caliente», advirtió el empresario, lamentando que el Estado no realice esfuerzos para proteger la salud pública ni la industria local ante la prioridad de bajar precios «sea como sea».
Históricamente, el termo de vidrio superaba en ventas al de acero en una proporción de tres a uno, pero la recesión y la competencia desigual equipararon ambos segmentos. Ante este escenario, la planta de Tortuguitas dejó de fabricar el corazón de sus termos (la ampolla de vidrio) y redujo al mínimo la producción de carcasas de acero, optando por el ensamblaje de componentes importados para intentar sobrevivir a la crisis.
Una historia de supervivencia familiar bajo presión
Lumilagro, creada en 1941 y hoy conducida por la cuarta generación de las familias Nadler y Suranyi, ha atravesado múltiples crisis económicas, incluyendo la de 1999 y 2001. Sin embargo, el contexto actual de recesión acumulada y apertura comercial agresiva marcó un punto de quiebre inédito. «Lloré al despedir a algunos trabajadores que me conocían desde los 5 años», confesó Nadler, subrayando el componente humano detrás de las frías cifras de desindustrialización.
El cierre de los hornos de Lumilagro no es solo un golpe para la marca, sino un síntoma del deterioro de la soberanía industrial argentina. Al dejar de producir localmente el componente de vidrio, el país pierde una capacidad técnica única en la región, quedando a merced de los costos logísticos internacionales y la volatilidad del tipo de cambio para un artículo que, como bien define su dueño, sigue siendo de «primera necesidad» para el ritual del mate de los argentinos.