La dolorosa incertidumbre que golpeó a una familia paranaense durante años sumó un capítulo de profunda indignación institucional. Tras confirmarse mediante estudios genéticos que los restos óseos hallados en 2024 pertenecen a Carlos Ramírez, el vecino de 65 años desaparecido en Paraná en noviembre de 2022, las autoridades judiciales notificaron la identidad y, de manera simultánea, el archivo de las actuaciones.
El hallazgo en Punta del Mono y un ADN determinante
El derrotero comenzó el 15 de noviembre de 2022, cuando se perdió todo rastro de Ramírez tras salir de su domicilio con el fin de dirigirse a un cajero automático. En 2024, un macabro hallazgo de restos calcinados en la zona de Punta del Mono, en el barrio Bajada Grande, activó peritajes científicos que recién ahora arrojaron certezas concluyentes.
En diálogo con Elonce, Gonzalo Ramírez, hijo de Carlos, relató el frío procedimiento de la notificación oficial:
“Hace dos días me notificaron que un cuerpo que aproximadamente hace un año se encontró calcinado en la zona donde había desaparecido mi padre concuerda en un 98% con el ADN. Recibir esta noticia fue muy duro”.
Sin embargo, el dolor dio paso a la desazón cuando se les informó la parálisis del expediente. “Lo único que me dijeron fue que concuerdan los genes y nada más. También me dijeron que la investigación está cerrada, algo con lo que tampoco estoy de acuerdo”, sostuvo Gonzalo, exponiendo las deficiencias en el acceso a la tutela judicial efectiva.
Una búsqueda con más dudas que certezas
Los familiares de la víctima -quien se desempeñaba como empleado municipal en el cementerio local- cuestionaron con dureza el accionar de las distintas fiscalías que intervinieron en la causa. Al indagar sobre los motivos del cierre de la investigación, la respuesta oficial rozó el desinterés burocrático:
“Me dijeron que no pueden comprobar cómo falleció y que ellos ya habían cumplido con encontrarlo”.
La falta de recursos y de incentivos para la resolución de la causa también fue señalada por Cintia Ramírez, sobrina del damnificado, quien detalló la rotación de funcionarios y la desidia estatal:
“Nunca hubo sospechosos. Cambiaron tres veces de fiscales y jamás dieron recompensa por mi tío”.
Cintia recordó que, al inicio, los rastrillajes incluyeron perros, drones y helicópteros tras un registro fílmico en el hipermercado Chango Más (ex Walmart), pero luego las respuestas se licuaron. "Después era nada. Uno llamaba y preguntaba y decían que lo estaban buscando”, expresó de manera crítica.
La sospecha familiar: "Creemos que él no estaba ahí"
La hipótesis del núcleo familiar contradice la versión oficial respecto al paradero inicial del cuerpo. El sector de Bajada Grande donde aparecieron los huesos calcinados ya había sido inspeccionado minuciosamente durante las primeras semanas posteriores a la denuncia de averiguación de paradero.
“Nosotros ese lugar lo recorrimos. Inclusive los mismos animales anduvieron por ahí. Creemos que él no estaba ahí en ese momento”, planteó Gonzalo, lo que sugeriría que el cuerpo pudo haber sido depositado o alterado con posterioridad a las tareas de las fuerzas de seguridad.
A pesar de que el entorno describió a Carlos como una persona metódica y sin conflictos personales, la persistencia de un cuadro de desorientación previo a su desaparición exigía un abordaje con perspectiva de salud y contención que nunca llegó. Hoy, con los restos identificados pero sin determinarse las causales del deceso ni eventuales responsabilidades criminales, la familia de Carlos Ramírez continúa de pie frente a los Tribunales de Paraná bajo una consigna irrenunciable: “Queremos saber qué pasó”.